Extracto de El túnel, de Ernesto Sábato
“Fue una espera interminable. No sé cuanto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fué una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados.
(…)
A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
(…)
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. -Nunca más, nunca más- pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo“.
Propuestas españolas para el Nobel de Literatura 2010
La Sociedad General de Autores de España (SGAE), ha hecho llegar a la Academia Sueca una pequeña lista con los escritores en español que considera merecedores del Premio Nobel de Literatura. Al parecer, se trata de una maniobra recurrente, ya que sólo se produce un cambio respecto al año anterior: el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal sustituye a Francisco Ayala, fallecido a finales de 2009 y por lo tanto, descartado para recibir el galardón. Los otros dos nombres presentados por la SGAE se repiten con respecto al año pasado: el argentino Ernesto Sábato, y el español Miguel Delibes.
Extracto de “Sobre héroes y tumbas”, de Ernesto Sábato
”Tal vez a nuestra muerte el alma emigre”, se repetía Martín mientras caminaba. ¿De dónde venía el alma de Alejandra? Parecía sin edad, parecía venir desde el fondo del tiempo. “Su turbia condición de feto, su fama de prostituta o pitonisa, sus remotas soledades.”
El viejo estaba sentado a la puerta del conventillo, sobre su sillita de paja. Mantenía su bastón de palo nudoso, y la galerita verdosa y raída contrastaba con su camiseta de frisa.
– Salud, viejo –dijo Tito.
Entraron, en medio de chicos, gatos, perros y gallinas. De la pieza, Tito sacó otras dos sillitas.
– Tomá –le dijo a Martín–, llevala, que en seguida voy con el mate.
El muchacho llevó las sillas, las puso al lado del viejo, se sentó con timidez y esperó.
– Eh, sí… –murmuró el cochero–, así con la cosa…
¿Qué cosa?, se preguntó Martín.
– Eh, sí… –repitió el viejo, meneando la cabeza, como si asintiera a un interlocutor invisible.
Y de pronto, dijo:
– Yo era chiquito como ése que tiene la pelota y mi padre cantaba.
Quando la tromba sonaba alarma
co Garibaldi doviamo partí.
Se rió, asintió varias veces con la cabeza y repitió “eh, sí…”
La pelota vino hacia ellos y casi le pega al viejo. Don Francisco amenazó distraídamente con el bastón nudoso, mientras los chicos llegaban corriendo, recogían la pelota y se retiraban haciéndole morisquetas.
Y luego de un instante, dijo:
– Andávamo arriba la mondaña con lo chico de Cafaredda e ne sentábamo mirando al mare. Comíamos castaña asada… ¡Quiddo mare azule!
Tito llegó con el mate y la pava.
– Ya te está hablando del paese, seguro. ¡Eh, viejo, no lo canse al pibe con todo eso bolazo! –mientras le guiñaba un ojo a Martín, sonriendo con picardía.
El viejo negó, meneando la cabeza, mirando hacia aquella región remota y perdida.
Tito se sonreía con benévola ironía mientras cebaba mate. Luego, como si el padre no existiera (seguramente ni oía), le explicó a Martín:
– Sabé, él se pasa el día pensando al pueblo que nació.
Se volvió hacia el padre, lo sacudió un poco del brazo como para despertarlo, y le preguntó:
– ¡Eh, viejo! ¿Le gustaría ver aquello de nuevo? ¿Antes de morir?
El viejo respondió asintiendo con la cabeza varias veces, siempre mirando a lo lejos.
– Si tendría de cuelli poqui soldi, ¿se iría en Italia?
El viejo volvió a asentir.
– Si podería ir aunque má no sería que por un minuto, viejo, nada má que por un minuto, aunque despué tendría que morirse, ¿le gustaría, viejo?
El viejo movió la cabeza con desaliento, como diciendo “para qué imaginar tantas cosas maravillosas”.
Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato ya está disponible en Libraria Trasto.