Comentario sobre el Premio Nobel de Literatura
Leo en la última edición de la revista Qué leer un sensacional artículo sobre el Premio Nobel de Literatura, que dice así:
“Desde hace siglo y pico, la máxima consagración de un escritor vivo es que le otorguen el Premio Nobel: una medalla de oro con la imagen del inventor de la dinamita, algo más de un millón de euros y la edición de sus obras asegurada hasta en países en los que jamás se editó o, si se editó, apenas vendió unos cientos de ejemplares. Un escritor prácticamente desconocido salta de pronto a la palestra de las letras mundiales y se convierte en un clásico, su nombre inscrito en letras de oro en el frontispicio del parnasillo mundial.
(…) Examinemos la lista de los Premios Nobel de habla hispana: los españoles José Echegaray (1904), Jacinto Benavente (1922), Juan Ramón Jiménez (1954), Vicente Aleixandre (1977) y Camilo José Cela (1989); los chilenos Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971); el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967); el colombiano Gabriel García Márquez (1982); y el mexicano Octavio Paz (1990). A Echegaray no lo conoce nadie, ni siquiera de nombre; las obras de Benavente hace tiempo que no se representan; a los poetas los leen otros poetas (pocos, no nos engañemos); a Cela lo han metido en el cementerio de los ilustres y tampoco cuenta con muchos lectores fuera de los programas de estudios universitarios.
(…) La lista de omisiones del Nobel es más notable que la de los aciertos: James Joyce, Marcel Proust, Ezra Pound, Franz Kafka, Graham Greene… En algunos casos, lo admito, porque no fueron nada conocidos en su tiempo y su celebridad es posterior.
En cualquier caso, la anual concesión del Nobel de Literatura, con su repercusión mediática, sirve para recordar la existencia de la literatura en países como el nuestro, donde casi la mitad de la población no lee. Bienvenido sea el nuevo Nobel a las librerías y a los telediarios”.